viernes, 22 de mayo de 2009

Con "M" de Maestro...

Era lunes o martes y ella volvió diciendo que él tenía los ojos grandes llenos de vida y unas ganas de decir inacabables, pero que el secretario era un hombre malo malo que no lo dejaba hablar... Nos quedamos emocionadas, pensando en tantos años y tantas letras. Vivía en la 18 de Julio, sabíamos exactamente en que edificio y cuando pasábamos era inevitable detenerse y mirar (¿creyendo que se asomaría a alguna ventana?)

No quería quedarme sin decir...
"El poeta necesario" dice Maby... y yo creo que tiene razón. Ese con el que todos nos identificamos y creímos que nadie podía explicar "eso que uno siente" mejor que él.
Conocí su paisito, su rambla, su Artigas, su Montevideo...
que decir de él que tanto dijo y dice...
porque por suerte estos, nuestros maestros, nos siguen diciendo...
(así no hay quien se aburra)  

DESPUÉS  
El cielo de veras que no es éste de ahora el cielo de cuando me jubile durará todo el día todo el día caerá como lluvia de sol sobre mi calva.
Yo estaré un poco sordo para escuchar los árboles pero de todos modos recordaré que existen tal vez un poco viejo para andar en la arena pero el mar todavía me pondrá melancólico estaré sin memoria y sin dinero con el tiempo en mis brazos como un recién nacido y llorará conmigo y lloraré con él estaré solitario como una ostra pero podré hablar de mis fieles amigos que como siempre contarán desde Europa sus cada vez más tímidos contrabandos y becas. Claro estaré en la orilla del mundo contemplando desfiles para niños y pensionistas aviones eclipses y regatas y me pondré sombrero para mirar la luna nadie pedirá informes ni balances ni cifras y sólo tendré horario para morirme pero el cielo de veras que no es éste de ahora ese cielo de cuando me jubile habrá llegado demasiado tarde.
MARIO BENEDETTI 

domingo, 10 de mayo de 2009

Regalos

Me encanta recibir regalos...
Pero sorpresas, nada de andar anunciando "te voy a hacer un regalo" y que una se tenga que morir de la ansiedad hasta que llegue ese momento.
Suelo recibir regalos de todo tipo... y por lo general no los comparto mucho, son regalos, para uno...
Pero esta vez me dieron ganas de compartir un regalo que recibí hace tiempo... ya no me acuerdo cuando... Me gusta mucho porque es de puño y letra de mi amigo Lugui,
que de puños sabe bastante
y de letras... más todavía...

ALICIA AL ATARDECER  
¿Cómo era para exprimir el sol?  
Había un conjuro infalible...  
no era posible cruzar una siesta en vuelo,  
y volver a casa sin jugo de sol,  
nadie saltaba por sobre el atardecer  
sin la plena seguridad de caer sobrecargados de sol.  
¿Cómo era?...  
Vos contame estoy seguro que sabés el secreto,  
puedo verlo en mi corazón.
L u g u i

(gracias Lugui)

miércoles, 6 de mayo de 2009

Pensares... y pesares


“Yo no estoy de acuerdo” pensó.

Hablaban de educación, escuelas, y su mal funcionamiento por hacerse cargo de males que no generan.

Marcelo iba a la escuela y sabía que en la suya no daban de comer, ni ponían vacunas y sin embargo se hacia muy difícil esto de enseñar.


“Yo no estoy de acuerdo” pensó…

y no se animó a decir nada.

Porque los que hablaban sabían de escuelas,

eran maestros, profesores, psicólogos y sociólogos y educadores. Seguramente no sabían más que él, que con 13 años, asiste a una cinco días a la semana.


“Yo no estoy de acuerdo” pensó…


Yo espero que se anime a decirlo....

sábado, 25 de abril de 2009

De Viejitos Musiqueros...

"Estos viejitos al final hacen lo que quieren" me dijo una vez mi tía
Y si.. Cuando de viejitos se trata a mí se me viene a la mente mi abuelo "Negro"que lo conocí viejo ya, y con muchas historias que contar.
El silencio del violín de Don Sixto Palavecino, me trajo de nuevo a mi abuelo que también era músico y santiagueño...
Y por alguna razón se me vino a la mente este cuento...
que va de homenaje...
a Don Sixto, que se murió hablando en quechua...
y seguro pensando alguna melodía para su violín..
y a todos nuestros viejitos musiqueros...( a mi abuelo Negro también)


Como si el ruido pudiera molestar 
Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir. Es que no había nada que decir. Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia. 
Ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto de morir. Por eso los animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin saber qué hacer.
—Es que no hay nada que hacer —dijo el tatú con una voz que apenas se oía—. Además, me parece que ya era hora. Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos miraban con una tristeza larga en los ojos.
—¡Pero, don tatú, no puede ser! —dijo el piojo—, si hasta ayer nomás nos contaba todas las cosas que le hizo al tigre. —¿Se acuerda de las veces que lo embromó al zorro? —¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo? —¡Y cómo se reía con las mentiras del sapo! 
Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían oído hablar de la muerte, miraban sin entender.
—¡Eh, don sapo! —dijo en voz baja un monito—. ¿Qué le pasa a don tatú? ¿Por qué mi papá dice que se va a morir? 
—Vamos, chicos —dijo el sapo—, vamos hasta el río, yo les voy a contar. Y un montón de quirquinchos, corzuelas y monitos lo sigueron hasta la orilla del río, para que el sapo les dijera qué era eso de la muerte. Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y que la muerte, cuando llega a su debido tiempo, no era una cosa mala. 
—Pero don sapo —preguntó una corzuela—, ¿entonces no vamos a jugar más con don tatú? 
—No. No vamos a jugar más. 
—¿Y él no está triste? 
—Para nada. ¿Y saben por qué?
—No, don sapo, no sabemos...
—No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos. Por eso se va contento. 
—Claro —dijo el piojo—. ¡Cómo jugaba! —¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre! 
—No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar tranquilo al tigre. También por eso se va contento. 
—¡Cierto! —dijo el piojo—. ¡Cómo peleaba! —Y además, siempre anduvo enamorado. También es muy importante querer mucho. 
—¡Él sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! —dijo la iguana. 
—¡Como para que no! Si más de una historia la inventamos juntos, y por eso se va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió mucho. 
—Cierto —dijo el piojo—. ¡Cómo se divertía! —Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo. 
—Un poquito sí, pero... —la voz le quedó en la garganta y los ojos se le mojaron al sapo 
—. Bueno, mejor vamos a saludarlo por última vez. 
—¿Qué está pasando que hay tanto silencio? —preguntó el tatú con esa voz que apenas se oía—. Creo que ya se me acabó la cuerda. ¿Me ayudan a meterme en la cueva? 
Al piojo, que estaba en la cabeza del ñandú, se le cayó una lágrima, pero era tan chiquita que nadie se dio cuenta. El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y murió. Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por muchos cuerpos pasó un escalofrío. Todos sintieron que los oprimía una piedra muy grande. Nadie dijo nada. Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar, los animales se fueron alejando. 
El viento sopló y sopló, y comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló, y las nubes se abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo ruido con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos. —¿Se acuerdan —dijo el sapo— cuando hizo el trato con el zorro para sembar maíz?

GUSTAVO ROLDAN