Camila tiene 3 años aunque le gusta decir que tiene 5, la curiosidad en los ojos y una sonrisa enorme lista para la foto. Es salvaje, muy salvaje, y cuando se emociona se le nota en todo el cuerpo.
Habla mucho, siempre habló mucho, antes en algún idioma que nosotros seres consumidos por la neurosis no llegábamos a captar; pero en un esfuerzo para que la entendamos aprendió a hablar nuestro idioma. Le cuesta, arrancar sobre todo. Pero después de un par de sílabas tartamudeadas siguen claras explicaciones, más extensas o más cortas, según lo requiera el tema a debatir.
Todavía no termina de captar esto de la navidad. Sabe que hay regalos, que hay que esperarlo, no tiene ningún sentido del tiempo, así que más tarde más temprano a ella no le importa. El arbolito con lucecitas, y el pesebre al lado, no le cierran mucho. Pero igualmente pide que las miremos como prenden y apagan sin importar ningún nacimiento.
-¿Qué es eso? Es la pregunta habilitante, de ahí en más es dejarse llevar.
-Una casita, ellos viven ahí, responde señalando camellos, reyes, vacas y carpinteros.
-¿Y quiénes son ellos?
Duda un segundo, el mismo segundo que le lleva tartamudear al principio.
-Muñecos duros, dice segura y se retira de la escena dando por finalizada la charla.
Entonces pienso en los arbolitos, la nieve que no hay, y cuanta cosa ajena; las lucecitas que nunca funcionan, el peligro de la pirotecnia, el vitel toné de las mil calorías con este calor, los pesebres que nadie mira, los regalos que todos esperan, el pan dulce, budín y fruta seca, y sigue el calor; el bendito santa que ha llegado antes a la casa de al lado… y en todo lo extra con lo que cargan las fiestas.
Las navidades debieran ser simples…
como los muñecos duros de Camila.










