(...)
-Bueno me parece que ya sé cuál era ese bicho, y no es para andar temblando más.
-¿Cuál era?- preguntaron juntos el coatí y el oso hormiguero.
- Un bicho muy famoso, pero no hay que preocuparse
-¿Y cómo se llama ese bicho?
-El miedo se llama. Lo conocí por el tamaño.
-¡El miedo! ¿Y es muy peligroso?
-Para nada, m’hijo una vez que se lo conoce.
-¿No es venenoso?
-Ni un poquito
-¿A usted se le apareció alguna vez don sapo?
-Más de una m’hijo, y así lo fui conociendo.
-¿Era igual que ese miedo que vi yo?
-Igual pero todo distinto.
-Eh don sapo- dijo el oso hormiguero- ¿cómo es eso de que igual pero todo distinto?.
-Porque así son estas cosas, y el miedo de cada uno es como el miedo de cada uno.
- ¿Entonces no era un bicho don sapo?
-No, era un miedo nomás.
-¡Si usted viera como me asustó!
-Ya sé cómo son esas cosas. La cuestión es animarse y pelearlo. ¿Acaso nunca oyeron decir que hay que vencer el miedo?
-Claro que si, lo oímos muchas veces.
-¿Y quién se creen que inventó esa frase?
- ¡No me diga que fue usted, don sapo!
-¿Quién si no?, pero primero tuve que enfrentarlo en una pelea a muerte Me acuerdo como si fuera ayer. Me había agarrado en medio de la oscuridad y pegaba unos rugidos que iluminaban la noche (…) Así era el miedo ese, no les miento. Respiré hondo, y lo atropellé mirándolo fijo. Ya estaba cansado de andar disparándole.
-¿Y el miedo qué hizo?
-Tendrían que haberlo visto, se fue achicando y achicando, hasta que desapareció como un humo. Y ahí lo hice volar de un soplido.
-¡Añamembuí! Eso sí que me deja contento- dijo el coaticito-. Usted sí que es valiente, don sapo.
-No crea m’hijo, lo que pasa es que ahí había cambiado el tamaño del miedo.
El sapo comenzó a alejarse silbando un chamamé.
-Eh, don sapo- lo llamó el coaticito-, una última pregunta. Cuando me agarre de nuevo primero tengo que respirar hondo ¿no?
-Eso m’hijo , y largar el aire de golpe y atropellar, y ahí es cuando cambia de tamaño.
-¿Siempre cambia de tamaño?
-Siempre eso es seguro.
-¿Y si en vez de achicarse se agranda?
-Fácil- dijo el sapo mientras se alejaba-, en ese caso respire más hondo todavía y atropelle más fuerte, pero para el otro lado. Y no afloje hasta que se le duerman las patas. Ja, si sabrá de miedos este sapo.
Fragmento de “El tamaño del miedo”
de Gustavo Roldán
Tengo un "tema con el aire"...
... y es que a veces es necesario creer que basta con "respirar hondo" para que el miedo se achique...
Y atropellar nomás, y no a veces,
sino siempre siempre.